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DISCURSO CELEBRACIÓN 400 AÑOS DEL MAYOR
El 23 de Septiembre de 1604 llegaban a Santafé provenientes de Cartagena 5 fatigados Jesuitas enviados a fundar el Colegio de la Compañía. La institución educativa establecida por los Jesuitas el día 27 de Septiembre de 1604 al hacer entrega a la Real Audiencia de Santafé, de la cédula real que autorizaba la fundación, inició sus labores educativas el 1º de Enero de 1605 con 70 estudiantes, en las dos casas previamente compradas para dictar las clases, por los Padres Alonso de Medrano y Francisco de Figueroa en Mayo de 1600, situadas en la esquina sur oriental de la plaza principal de la ciudad, en el mismo sitio en que ahora nos encontramos. La institución educativa cuyo cuarto centenario de fundación celebramos en el 2004, aunque se llamó originalmente Colegio de la Compañía de Jesús en Santafé, hoy se denomina honrosamente Colegio Mayor de San Bartolomé, nombre heredado del Seminario de la ciudad re-fundado por el Arzobispo don Bartolomé Lobo Guerrero el 18 de Octubre de 1605 y ubicado en lo que hoy es el Palacio de San Carlos. Este Seminario fue encomendado a la dirección de los Jesuitas. Los Seminaristas y convictores que allí residían tomaban sus clases en las aulas del Colegio de la Compañía y de la Universidad Javeriana. Al ser expulsados los Jesuitas del Nuevo Reino de Granada en 1767, por disposición de la Junta Virreinal de Temporalidades, en 1772 se trasladó el Colegio Seminario de San Bartolomé al edificio donde habían funcionado el Colegio de la Compañía y la Universidad Javeriana, y asumió las funciones educativas que dicho Colegio y Universidad desarrollaban. En 1823 el Estado entregó a la Arquidiócesis el antiguo convento de los Capuchinos y templo de San José para uso del Seminario Conciliar, que al trasladarse allí tomó dicho nombre y no mantuvo el primigenio de San Bartolomé. Este nombre quedó en adelante adscrito sólo a la institución educativa de estudios secundarios que siguió funcionando en su edificio tradicional. Y desde 1826 los estudios universitarios que continuaban en este mismo lugar asumieron el nombre de Universidad del Primer Distrito o Universidad Central. Pero en 1840, por disposición estatal, el Seminario Conciliar volvió a ocupar una parte del edificio del antiguo Colegio de la Compañía y de la Javeriana, en lo que hoy es la calle 9ª entre carreras 6ª y 7ª, pero con separación jurídica del Colegio de San Bartolomé. La Universidad Central también siguió funcionando en el mismo edificio con el Colegio de San Bartolomé y con el Seminario Conciliar. La Ley del 21 de Mayo de 1842, dispuso que “La Universidad Central, el Colegio de San Bartolomé, el Museo y la Biblioteca Nacional quedasen bajo el gobierno y dirección de un solo Superior, que se denominaría Rector de la Universidad y del Colegio de San Bartolomé.” En 1844 llegaron de nuevo a Bogotá los Jesuitas. El Arzobispo les encomendó la dirección del Seminario que todavía funcionaba en parte del edificio que antiguamente había sido la sede del Colegio de la Compañía y de la Javeriana. En 1850 los Jesuitas fueron expulsados del país por José Hilario López. Regresaron en 1858 y se encargaron tanto del Seminario como del Colegio de Bachillerato que continuó llevando el nombre de San Bartolomé, y de las Facultades de Ciencias, Filosofía y Literatura, de la Universidad. En 1861 Tomás Cipriano de Mosquera volvió a expulsar a los Jesuitas. Bajo la administración del Estado de Cundinamarca, el Colegio de San Bartolomé siguió funcionando. Presidió sus destinos como Rector el Dr. Antonio Vargas Vega desde 1865 hasta 1883. La Nación reasumió la dirección y administración del Colegio desde 1886 a partir de la nueva Constitución. En 1880 la Nación había entregado a la Arquidiócesis el convento de San Agustín en la Candelaria, a donde se trasladó el Seminario desde la parte del edificio del Colegio de San Bartolomé que ocupaba hasta ese momento, y como en la ocasión anterior, el Seminario no conservó su nombre fundacional sino el de San José. Desde el 24 de Agosto de 1887 retomaron los Jesuitas la dirección de su Colegio por convenio con la Nación, hasta el momento actual, exceptuando los 10 años que duró la expropiación del edificio por disposición del Congreso en 1939, desde 1941 hasta 1951, lo que motivó la construcción y traslado del Colegio a los predios de La Merced. La demanda a la Nación por la arbitraria expropiación concluyó con una transacción por la cual la Compañía de Jesús cedió el ángulo noroccidental del edificio para construir la actual plazoleta, y la Nación le restituyó el resto del edificio, a excepción del actual Museo Colonial. La compleja historia del país y de nuestra entrañable capital Bogotá ha sido enriquecida durante estos últimos cuatro siglos con la multifacética presencia y acción de la institución educativa fundada por los Jesuitas desde este privilegiado rincón de la Patria en la esquina suroriental de la Plaza de Bolívar. Aquí residía el Provincial y los escolares filósofos y teólogos. Desde aquí partieron multitud de entusiastas misioneros Jesuitas a predicar el Evangelio a las diversas etnias del vasto territorio de nuestro país y de las naciones adyacentes. Con sabiduría ingeniosa configuraron las reducciones indígenas para proteger a los indefensos habitantes de selvas y llanuras contra los aberrantes atropellos de los conquistadores. Desarrollaron verdaderas ciudades capaces de autoabastecerse y sustentarse en un sistema democrático popular visionario del futuro. De nuestros gloriosos claustros surgió en la figura inigualable de San Pedro Claver la magna epopeya cristiana al servicio de la esclavizada raza negra, que constituye un anticipo de la proclamación, defensa y protección de los derechos humanos, cuatro siglos antes del esfuerzo actual de toda la humanidad por llevar a cabo esta propuesta que entre nosotros se gestó en el espíritu cristiano por interpretar a todo ser humano como hijo de Dios creado, redimido y santificado por Jesucristo, nuestro Dios humanado. Los primeros Jesuitas en esta singular institución educativa establecieron la primera cátedra de lengua Chibcha después de haber descifrado gramaticalmente el lenguaje de los Muiscas. Así fue posible la integración de nuestro conglomerado étnico que ha dado lugar al mestizaje que nos caracteriza. Además, gracias a la comprensión de la música como precioso lenguaje espiritual, se logró la intercomunicación con los pueblos misteriosos que poblaban las riberas de nuestros gigantescos ríos para posibilitar una interacción cultural y religiosa de proporciones ilímites. Los conocimientos de toda índole, la ciencia esquiva de abismales profundidades y los múltiples saberes de los más egregios pensadores, se hicieron accesibles a los habitantes de nuestro país desde las cátedras del Colegio de la Compañía y desde la Universidad Javeriana que inició tempraneramente sus enseñanzas en 1608 y 1612 y recibió su reconocimiento formal en 1623. A pesar de las vicisitudes de las tres expulsiones sufridas por los Jesuitas, nuestro Colegio siguió siendo venero de ciencia para todo el país ininterrumpidamente desde 1887. Aquí habían instalado los Jesuitas la primera imprenta del Nuevo Reino en 1722, aquí restablecieron el Observatorio Astronómico, aquí dieron origen al Instituto Geofísico de los Andes con la instalación del primer sismógrafo, aquí ubicaron el primer aparato de rayos X, aquí pusieron a funcionar la primera bobina de alta frecuencia, aquí proyectaron las primeras películas científicas. El Seminario de San Bartolomé que el Arzobispo Lobo Guerrero encomendó a los Jesuitas para que sus estudiantes se formaran en el Colegio de la Compañía que terminó heredando su emblemático nombre, y en la Universidad Javeriana, permitió a nuestra institución educativa cuatro veces centenaria, contar entre sus honras la de haber aportado la más alta calidad de formación académica y espiritual a gran parte del Clero neogranadino y colombiano durante la Colonia y la época republicana, incluyendo a cuatro eminentes Arzobispos de Bogotá. Repasando con emoción incontenible los documentos del pasado, reconocemos con afecto conmovedor los elementos pedagógicos implementados por los sabios maestros de antaño y que siguen siendo en nuestros días el núcleo vital de la formación integral de nuestros estudiantes: la rigurosa disciplina académica, la profunda valoración de los principios cristianos y prácticas espirituales que dan sentido a la existencia, el continuo ahondamiento en el proceso psicológico de las distintas edades, la sólida fundamentación ética, la ineludible proyección socio política con miras a la construcción de un país mejor, el ágil desarrollo de la dimensión corporal, “mens sana in corpore sano”, el seguimiento delicado y sutil de los procesos afectivos, el paciente cultivo de las cualidades estéticas. No es por tanto extraña casualidad sino consecuencia lógica, que en estos cuatro siglos de existencia nuestra institución educativa haya podido aportar a la Patria un Santo como San Pedro Claver y tantos otros varones de inocultable santidad, o artistas de la talla de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, o sapientísimos lingüistas, literatos y filósofos como Miguel Antonio y José Eusebio Caro y Rufino José Cuervo, o estadistas de la talla de Santander y de los otros 25 Presidentes surgidos de nuestros claustros, o gestores y mártires de la independencia como Nariño y Ricaurte, o científicos ilustres como Julio Garavito y, en fin, tantos y tantos prohombres de la Política, de la Economía, de la Cultura, de todas las Artes y Profesiones, que han contribuido y siguen contribuyendo a la construcción de esta Patria querida, con la esperanza de que supere su actual dolorosa situación, tan dislocada por la violencia y la injusticia, tan martirizada por la insoportable pobreza, tan sacudida por la voraz corrupción y por un deplorable desajuste moral. Confiamos el futuro de nuestra inigualable institución educativa a la Providencia divina y reiteramos nuestro compromiso cristiano, como seguidores irrestrictos de nuestro Dios humano Jesucristo, para seguir formando con pedagogía ignaciana hombres y mujeres que garanticen un porvenir mejor para Colombia, en el que prevalezca la paz fruto de la justicia, del respeto, de la tolerancia, de la equidad, en una palabra, del amor cristiano. Como reza nuestro himno actual, reminiscencia de aquel que tuve el privilegio de entonar cuando niño en estos claustros: “a esta herencia de glorias pasadas, nuestra vida promete ser fiel”. Alberto Múnera Duque, S.J.
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