Bartolinos iniciaron un tiempo de reflexión y conversión con la imposición de la ceniza. / Omar Felipe Vargas Pineda
El Colegio Mayor de San Bartolomé vivió la conmemoración del Miércoles de Ceniza como un momento de profunda reflexión, a través de una Liturgia de la Palabra que reunió a toda la comunidad educativa para dar inicio al tiempo de Cuaresma.
En un ambiente de oración, los bartolinos fueron invitados a detenerse y a dejarse mirar por Dios, quien, como paciente alfarero, modela nuestra vida con amor. Inspirados por las enseñanzas de San Ignacio de Loyola, se nos recordó la importancia de volver el corazón sobre nosotros mismos, practicar el examen de conciencia y reconocer aquello que necesita ser transformado.
Durante la homilía se destacaron tres caminos concretos para vivir este tiempo: la oración, como ejercicio de escucha atenta de Dios y de la realidad de quienes más sufren; el ayuno, especialmente de aquellas palabras que hieren, juzgan o dividen; y la conversión, entendida como la valentía de dejarnos rehacer por Dios y permitirnos volver a empezar.
Al recibir la ceniza, signo de fragilidad y esperanza, comprendemos que Dios no ha terminado su obra en cada uno de nosotros. Él sigue creyendo en nuestra capacidad de amar, reconciliarnos y servir a quienes más nos necesitan.
Que esta Cuaresma sea, para toda la comunidad bartolina, un camino sincero de renovación interior, reconciliación y servicio generoso.
Bartolinos iniciaron un tiempo de reflexión y conversión con la imposición de la ceniza. / Omar Felipe Vargas Pineda
El Colegio Mayor de San Bartolomé vivió la conmemoración del Miércoles de Ceniza como un momento de profunda reflexión, a través de una Liturgia de la Palabra que reunió a toda la comunidad educativa para dar inicio al tiempo de Cuaresma.
En un ambiente de oración, los bartolinos fueron invitados a detenerse y a dejarse mirar por Dios, quien, como paciente alfarero, modela nuestra vida con amor. Inspirados por las enseñanzas de San Ignacio de Loyola, se nos recordó la importancia de volver el corazón sobre nosotros mismos, practicar el examen de conciencia y reconocer aquello que necesita ser transformado.
Durante la homilía se destacaron tres caminos concretos para vivir este tiempo: la oración, como ejercicio de escucha atenta de Dios y de la realidad de quienes más sufren; el ayuno, especialmente de aquellas palabras que hieren, juzgan o dividen; y la conversión, entendida como la valentía de dejarnos rehacer por Dios y permitirnos volver a empezar.
Al recibir la ceniza, signo de fragilidad y esperanza, comprendemos que Dios no ha terminado su obra en cada uno de nosotros. Él sigue creyendo en nuestra capacidad de amar, reconciliarnos y servir a quienes más nos necesitan.
Que esta Cuaresma sea, para toda la comunidad bartolina, un camino sincero de renovación interior, reconciliación y servicio generoso.